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Tecnología

Por qué tiembla tanto América Latina: el Cinturón de Fuego explicado

Una guía de fondo sobre la tectónica que gobierna a Chile, Perú, Ecuador, Colombia, México y Centroamérica, y por qué la mortalidad depende más de la construcción que del sismo.

A
Resumen IA — Tres claves
  • La subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana explica los grandes sismos de Chile, Perú, Ecuador y Colombia.
  • En Colombia confluyen tres placas y el país registra unos 2.500 sismos mensuales, casi todos imperceptibles.
  • La ciencia no puede predecir sismos; la mortalidad depende de la calidad constructiva y la prevención.
Fotografía referencial · Ahora

La capa externa de la Tierra, la litósfera, no es una cáscara continua, sino un mosaico de decenas de placas tectónicas que se desplazan pocos centímetros al año, empujadas por las corrientes de calor del manto. Donde esas piezas chocan, se separan o se deslizan, la corteza acumula tensión. Cuando esa tensión supera la resistencia de la roca, se libera de golpe en forma de terremoto. América Latina occidental está, literalmente, en primera fila de ese proceso.

El Cinturón de Fuego del Pacífico es una herradura de unos 40.000 kilómetros que bordea el océano Pacífico, desde Chile y Perú, subiendo por Centroamérica y México, hasta Alaska, Japón, Indonesia y Nueva Zelanda. Concentra la mayoría de los volcanes activos del planeta y la enorme mayoría de los grandes terremotos. La razón es la subducción: placas oceánicas densas se hunden bajo placas continentales más ligeras, generando fricción, magma y sismos. En el borde occidental de Sudamérica, la placa de Nazca se sumerge bajo la placa Sudamericana a varios centímetros por año, un proceso que explica los megaterremotos de Chile, como Valdivia 1960 (magnitud aproximada 9,5, el mayor registrado), la alta sismicidad de Perú y Ecuador, y el sismo de 7,4 de Colombia del 10 de agosto de 2026.

Colombia es un caso especial porque allí confluyen tres placas —Nazca, Sudamericana y Caribe—, además de fallas locales y focos activos como el Nido Sísmico de Bucaramanga. Por eso el país registra del orden de 2.500 sismos mensuales, la inmensa mayoría imperceptibles. En México, la placa de Cocos subduce bajo la Norteamericana y la del Caribe frente a Guerrero, Oaxaca y Chiapas; la coincidencia de grandes sismos el 19 de septiembre de 1985 y 2017 es estadísticamente azarosa, no una causa física. La ciencia es clara: hoy no se puede predecir el día, la hora ni el lugar exacto de un terremoto.

Conviene distinguir dos conceptos. La magnitud, medida en la escala de momento (Mw), cuantifica la energía liberada en la fuente y es un solo número por sismo; cada punto extra multiplica por unas 32 veces esa energía. La intensidad, medida en la escala de Mercalli, describe los efectos percibidos en un lugar concreto y varía según la distancia al epicentro, la profundidad, el tipo de suelo y la calidad de las construcciones. Por eso un sismo profundo puede sentirse muy lejos con daños moderados, mientras uno superficial provoca destrucción localizada severa.

La geología dispara el sismo, pero la mortalidad la define la vulnerabilidad humana: calidad constructiva, cumplimiento de normas sismorresistentes, tipo de suelo, densidad poblacional y capacidad de respuesta. De ahí el principio repetido por los expertos: los terremotos no matan, matan los edificios mal construidos. Lo que sí funciona es conocido: códigos de construcción y su fiscalización real, sistemas de alerta temprana como el SASMEX mexicano, microzonificación sísmica urbana, cultura de prevención y reforzamiento de hospitales, escuelas y patrimonio. El conocimiento científico existe; el rezago está en la aplicación de normas y la inversión en prevención.

Este artículo fue redactado con asistencia de IA a partir de fuentes públicas y está sujeto a revisión editorial de Ahora.

Fuentes

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